Vivimos pensando en lo que haremos mañana. La juventud vive alimentándose del deseo de vivir ese fin de semana tan anhelado. Los jóvenes odian los lunes, pero se enamoran de los viernes; de ese olor especial. Vivimos pensando en lo que haremos cuando llegue ese día tan especial que está apuntado en la agenda desde hace meses.
Ignoramos el presente. Ignoramos esos días que llamamos normales. Ignoramos eso a lo que nos hacen odiar: rutina. Vivimos deseando algo que está por llegar, algo que no tenemos y que, no sabemos si podremos realmente disfrutarlo.
Ignoramos esos pequeños detalles del día día que tan aburridos encontramos. Ese paseo hacia el trabajo. Ese paseo en bus o en metro hacia el instituto o universidad. Pasamos por alto lo que realmente nos hace ser como personas. Despreciamos madrugar y volver a hacer lo mismo que el día anterior. El día a día, la rutina, todo ese entramado de pequeños detalles que se van repitiendo cada día es la vida misma; lo que nos hace ser de una forma o de otra. Esos días especiales son simplemente pequeños regalos para poder desconectar y dejar de ser, por un momento, nosotros mismos.
Esos días especiales son simplemente una vía de escape para huir de la carga que supone ser nosotros mismos día tras día. Odiamos la rutina, pero lo que realmente amamos y no lo sabemos, es repetir lo que nos hace sentir vivos. Ese paseo en bus hacia el trabajo; ese café con la misma persona cada día; esa llamada telefónica ... Todos estos pequeños detalles, llenos de vida, conforman nuestra vida. Y no olvides que para anhelar y desear algo que está por llegar, primero tienes que aprender a saber disfrutar de lo que ya has logrado.